lunes, 17 de junio de 2013

El año en que Joaquín Sabina fue “juez y parte”

Sin el permiso del autor, reproduzco este interesante artículo. De Joaquín Sabina puedo opinar que no me gusta mucho; pero sus canciones son muy comentadas por todo el mundo. De hecho, antes estuvo interesado en oírlo. Hoy, tras conocer lo hdp que es, cuando oigo en la radio sus canciones, simplemente cambio de emisora. Ya no me interesa. Sin embargo, el artículo me ha parecido muy interesante. 

El año en que Joaquín Sabina fue “juez y parte”

Por Rafael Calero

En 1985, Joaquín Sabina aún no era Joaquín Sabina. O por decirlo de una manera menos críptica: Joaquín Sabina, ese cantante y compositor mainstream que hoy todos conocemos y que gusta —o no gusta— a todo tipo de públicos, no era el artista de éxito masivo que es ahora. En 1985, Joaquín Sabina aún no llenaba estadios, no actuaba con lo más granado de la música española e hispanoamericana, no vendía miles de álbumes, no nos daba el coñazo hablando sin parar de sus amigos los poetas, no iba por la vida con su disfraz de tipo respetable ni, por supuesto, cenaba con el Príncipe de Asturias y su señora esposa.

En 1985, Joaquín Sabina ya había publicado tres discos en solitario —el fallido Inventario; el irregular Malas compañíasy el notabilísimo Ruleta rusa—, y uno en compañía de Javier Krahe y Alberto Pérez, La Mandrágora. Es decir, en 1985, Joaquín Sabina no era precisamente un recién llegado al mundo de la música.

Pero en 1985, Joaquín Sabina era un cantautor que aún andaba buscando su camino artístico y estético, que más o menos, y en según qué cosas, viene a ser lo mismo;  actuaba en conciertos contra la entrada de España en la OTAN, y escribía canciones que dejaban un regusto en el oyente a medio camino entre la ironía, el sarcasmo, la mala leche, la nocturnidad y la mejor poesía dylaniana que se había escrito por estos lares. Y a los hechos me remito.

En 1985, Joaquín Sabina se hacía acompañar por un grupo de rock llamado Viceversa —el primer nombre que usaron fue Ramillete de Virtudes— formado por músicos curtidos en mil bandas sin éxito, como Pancho Varona, Paco Beneyto, Marcos Mantero o Andreas Prittwitz, entre otros.

En 1985, Joaquín Sabina publicó Juez y parte,  su primera gran obra maestra, su primer gran disco con sonido rockero, su primera gran colección de canciones, su primer paso hacia la champion league de la música española, donde por aquella época jugaban gente como Miguel Ríos, Radio Futura, Joan Manuel Serrat, Ramoncín, Alaska y Dinarama y otras luminarias, más o menos caídas en el olvido en la actualidad.   

Y es que Juez y parte es un disco magnífico. Empezando por el envoltorio, sencillo pero cargado de simbología. En la portada, un desafiante Sabina parece estar mirando directamente a los ojos del oyente, sosteniendo un cigarrillo en la mano derecha, y enfundado en unos pantalones de cuero, con esa actitud tan suya, en la que parece estar diciendo, soy más chulo que un ocho. Sentado en medio de una habitación vacía, en la que tan solo se ve una guitarra eléctrica y una máquina de escribir, las dos herramientas fundamentales en cualquier cantautor que se precie.

Juez y Parte Album completo

¿Y qué se puede decir del interior? Pues que contiene diez canciones chulísimas, que ya mostraban a un artista inmenso, y que presagiaban que lo mejor estaba por venir. Se abría la cara A del disco, con “Whisky sin soda”, con música de Hilario Camacho, y letra del propio Joaquín. Toda una declaración de principios, en la que por ejemplo, Sabina ya advertía a quien tuviera oídos para escuchar que había vendido “por amores y no por dinero, mi alma a Belcebú y de las dos majas de Goya, prefiero la misma que tú”; “Cuando era más joven” dibuja un autorretrato sobre la época en la que el jienense empezaba a buscar su norte, viajando siempre en trenes con destino hacia el norte; “Ciudadano cero” suponía su primera incursión en el, ejem, ejem, género negro, y cuenta la historia de un tipo que un día decide ser noticia en los telediarios, coge una escopeta y arma la de Dios es Cristo, cargándose a 17 inocentes que pasaban por allí; “El joven aprendiz de pintor” es un tema en el que el de Úbeda juega a pronosticar cómo será el futuro cuando se vea tocado por la varita mágica del éxito; en “Rebajas de enero” Joaquín cuenta una historia de amor de esas que en discos posteriores se harían tan populares y que tanto gusta a su público más fiel;“Kung Fu”, envuelta en un falso directo, es el retrato de una banda de delincuentes tocados por ese halo romántico con el que el mejor Joaquín sabe revestir a personajes marginales, como ya había hecho anteriormente con el delincuente juvenil Jero en la canción “Qué demasiao”; en “Balada de Tolito” el protagonista es un mago que se gana la vida de tren en tren, haciendo trucos y juegos malabares , y cuya vida nos mostró en prime time la TVE en el programa “Vivir cada día”, cuando sólo había dos cadenas y nadie en este país sabía que cojones era eso del prime time; “Incompatibilidad de caracteres”, a ritmo de swing, es una divertida muestra de lo que se ha dado en llamar la lucha de los sexos. Cerraba el disco “Quédate a dormir” una canción magnífica que quedó eclipsada entre tantos buenos temas, pero que escuchada ahora, treinta años después de ser grabada, me parece quizás la mejor de toda la colección.

Y hemos dejado para el final esa joya que es “Princesa”, el“Like a Rolling Stone “ particular de Joaquín Sabina. Se trata de una canción en la que Joaquín dibuja con trazo firme el retrato conmovedor de un antiguo amor que ha recorrido el camino sin retorno que lleva de ser una princesa, con la boca de fresa, a una yonki marchita incapaz siquiera de sonreír. Aunque la mayoría de la gente piense que esta es la primera versión de este tema, hay que señalar que no es así, pues en el año 1982, se publicó una versión en el disco Seguir viviendo(1982) del cantautor malagueño Juan Antonio Muriel, que era el coautor de la canción, —él se había encargado de la música y Joaquín de la letra—, con algunos versos distintos a la versión popularizada por el propio Joaquín.  El propio Muriel, contaba en el libro Una historia del popmalagueño 1960-2009, de Javier Ojeda, cantante del grupo Danza Invisible, cómo se gestó el tema.  

El único pero que se le puede poner a Juez y parte es el de su producción, que corrió a cargo del propio Joaquín y de Jesús Gómez, a quien supongo dedicándose más a las tareas técnicas que a las artísticas, y que, siendo benévolos, digamos que ha envejecido mal. El sonido del disco es típico de la época, con unas cajas de ritmos y unos teclados omnipresentes, que han hecho que hoy en día suene artificial. Uno no se explica cómo la misma persona, en este caso Jesús Gómez, pudo hacer esta producción y, por la misma época, encargarse del minielepé Cuatro rosas, de Gabinete Caligari, que sigue sonando intemporal y maravilloso. Siempre he pensado que estas grandes canciones merecen otro tipo de sonido y ahora que Joaquín Sabina es una megaestrella y que parece haber perdido el punto a la hora de escribir canciones memorables, podría volver a grabar muchos de estos viejos canciones y darle un sonido más contemporáneo.


Joaquín Sabina, perdón Joaco del Garzo

domingo, 2 de junio de 2013

Status Quo

Uno de los grupos que me gustaron mucho, en el inicio de mi adolescencia, fue Status Quo. Aunque la única canción que se oyó en estos días fue Pictures of Matchstick Men, este grupo continuó tocando otras canciones.
Status Quo: Pictures of Matchstick Men
Tengo entendido que Status Quo siempre estuvo en los gustos de los británicos y que, pese a que no sacaron otro éxito como el anterior, siempre llenó estadios o salas de conciertos.
Status Quo: In the Army

Algunos de sus éxitos fueron versiones de canciones famosas, tocadas con la energía que este grupo siempre ha tenido
Status Quo: Don´t Stop

sábado, 18 de mayo de 2013

Jimmy Hendrix

¿Quién no sabe que el mejor guitarrista del siglo pasado fue Jimmy Hendrix? Es difícil pensar que alguien no lo sepa, dentro del ámbito del rock. Purple Haze, por ejemplo, fue una de mis favoritas. Pero puedo pasar mencionando todas las que grabó, salvo el Himno que tocó en Woodstock.
Woodo Child - En vivo - Hawaii 1970
Las referencias que se hacen de Jimmy Hendrix siempre me han sorprendido. En la época en la que apareció, los guitarristas más conocidos eran los guitarristas ingleses. Pero, en su gira por Inglaterra, los recuerdos que tienen estos guitarristas es sobre su asombro por Jimmy Hendrix, quien vino a dar un giro más a la tuerca del rock. Y no tuvieron más que hacer que seguirlo.

Purple Haze
Sin entrar en ningún comentario adicional, basta decir que los mejores mueren jóvenes, con algunas excepciones, como la mía y de quien me lee.
Un solo de guitarra para degustar






Influyentes Desconocidos

No son The Doors, tampoco The Who, ni The Beatles, ni los Rollings Stones, pero han sido tan influyentes en el mundo del Rock como ellos. Son The Velvet Undeground. No es de sorprender que su lugar de origen sea New York, entre 1965 y 1973, aunque siguieron posteriormente dando conciertos.
All tomorrow´s Parties
Menciono el hecho que el grupo sea de N.Y. porque de esta ciudad se puede esperar mucho. No sólo es una ciudad enorme, sino que es un caldero en el que se cocinan muchas culturas.
White Light/White Heat
No puedo dejar de pensar o sentir que su música ha inspirado a muchos otros. Desafiante y con todo el ánimo de romper reglas.
Sunday Morning

viernes, 17 de mayo de 2013

The Doors

The Doors - Touch me

Sobre The Doors se ha escrito mucho. Se han hecho documentales y se han hecho películas. Pero nada de esto me quita la experiencia de su música oída en mi adolescencia. Icono del rock de una época rebelde, marcó una época en la que se les negaba, dentro del círculo de los espectáculos, un sitio. Llevaban en sí la contradicción, pero fue una época gloriosa.
When The Music is Over
Yo no me atrevo a decir cual es la mejor composición de este grupo. O cual es la que lo define. Para mi es uno de los grupos que representan toda una generación. Recuerdo que hablábamos con uno de mis mejores amigos, Rafael (Q.D.E.P.), sobre lo que significaba para la música la obra de The Doors. No creo que hicieramos grandes predicciones, pero, desde la lejanía de estas conversaciones, creo que teníamos razón. La poesía, la música, el arte, siempre será la marca de este grupo.
Light my Fire
Bastan tres muestras de su grandeza.

sábado, 4 de mayo de 2013

Grateful Dead


En un principio, revolucionarios, viviendo en una comuna hippie. Al final, vendiendo pósters, afiches y toda una parafernalia del grupo. Es difícil sobrevivir en territorio enemigo. Esto último lo digo porque, ya en aquella época, criticábamos a los "hippies" tomando Coca (cola), a pesar de sus declaraciones de romper con el sistema opresivo en el que estaba sometida la cultura y los individuos.
Su música era el producto de los mejores músicos roqueros de la época. Jerry García, su lider y gurú. Su estilo, ACID ROCK (del puro).

Friend of the Devil: Grateful Dead

Rosemary: Grateful Dead

Aoxomoxoa

miércoles, 1 de mayo de 2013

Pajarito Zaguri: Alza la voz

La semana pasada falleció otro de los pioneros del Rock Argentino: Pajarito Zaguri. Claudio Kleiman escribió el artículo que transcribo (sin permiso), desde Página 12.

Miembro fundador de Los Beatniks, autor de la primera canción del rock nacional junto a Moris (“Rebelde”), mítico integrante de la bohemia que naufragaba entre La Perla, Plaza Francia y La Cueva, padrino del blues argentino del que se nutrieron bandas como Memphis, Dulces 16 e inclusive los Redondos, libertario y siempre en los bordes del sistema que consagró a tantos a su alrededor, Pajarito Zaguri estuvo en el comienzo y –desde los márgenes– siempre estuvo ahí. La semana pasada murió, a los 72 años, y sus amigos, músicos y compañeros de viaje lo despiden.




 Por Claudio Kleiman
Fue uno de los iniciadores del rock nacional. Poeta, cantante, compositor, Pajarito Zaguri (que había nacido como Alberto Ramón García hace 72  años) falleció el pasado 22 de abril víctima de un cáncer con el cual luchaba desde hace tiempo. Pájaro fue antes que nada un artista existencial, coherente hasta el fin con el ideario “cuevero” de ese grupo de pioneros del cual formó parte.
A veces, el idioma inglés es más generoso con sus expresiones que las que disponemos en castellano para denominar ciertos personajes, o situaciones. Y existe una palabra, “underdog”, que podría aplicarse perfectamente para definir a Pajarito Zaguri. El término alude a personajes subestimados, marginados, aunque ninguna de estas palabras alcanza para traducirlo, porque “underdog” sería lo opuesto de ganador, pero sin ser un perdedor, sino más bien alguien que opta voluntariamente por recorrer los márgenes, simplemente porque “el camino central es muy aburrido”, como decía Neil Young.
Pajarito (o Pájaro, como lo llamaban los íntimos desde hace muchos años) fue el “underdog” por excelencia del rock argentino. Marginado inclusive entre los marginales, siempre evitando ocupar el papel central, protegiéndose (¿ocultándose?) en un comienzo al lado de figuras más fuertes, o más carismáticas, o simplemente con más autoconfianza, como Moris o Tanguito. “A mí me gustan las bandas. Lamentablemente soy solista, pero toda mi vida quise ser integrante de una banda de rock and roll, inclusive el menos conocido, nunca quise ser el líder”, le decía Pájaro a Ezequiel Abalos en una entrevista publicada en el libro Historias del Rock de Acá.
Recuerdo una anécdota de la primera visita de Joe Cocker, en 1977, la época más oscura de la dictadura militar. En ese momento, la visita de un famoso músico extranjero era un acontecimiento extraordinario, y las figuras más conocidas del establishment rockero local fueron al Sheraton (donde se alojaban Cocker y su banda), a rendirle pleitesía. Sin embargo, el cantante inglés, un ex plomero de Sheffield que se había hecho bien de abajo, eligió irse con Zaguri a su casa, donde compartieron vinos y guitarras hasta el amanecer, ante la envidia e incredulidad de las estrellas. Una cuestión de solidaridad entre “underdogs”. Más allá de esta disquisición semántica, en realidad Pájaro fue uno de los auténticos pioneros y originadores del rock en castellano, uno de los primeros en componer canciones propias en nuestro idioma. Su recorrido existencial y artístico (en él ambas cosas estaban indisolublemente unidas) tiene diferentes estaciones, nombres, épocas, pero una coherencia férrea como pocas.
Pájaro integró el legendario grupo de amigos que se reunían en La Cueva de la calle Pueyrredón –junto a Moris, Litto Nebbia, Javier Martínez, Tanguito, Pipo Lernoud, Miguel Abuelo y otros–, responsables de lo que luego daría en llamarse rock nacional. Como tal, fue coautor de lo que muchos historiadores eligen como punto de partida del rock local, el simple Rebelde de Los Beatniks, compuesto por los líderes del grupo, Moris y Zaguri. El disco fue grabado y editado en 1966, otro año difícil, el de la asunción de la dictadura encabezada por el ultramontano Juan Carlos Onganía, quien mandó a secuestrar la revista Así, que tenía en su tapa un supuesto escándalo provocado por los “hippies” bañándose desnudos en la fuente que quedaba frente a Mau Mau. En realidad todo había sido un ingenioso ardid publicitario pergeñado por Los Beatniks para promover la venta del disco, tocando sobre una camioneta que recorrió el centro porteño, para culminar en el episodio de la fuente (donde nadie se bañó desnudo, a pesar de que la prensa sensacionalista publicó lo contrario). Igualmente, el grupo no consiguió que su tema “picara” –se vendieron unas descorazonantes 200 copias–, pero aseguró su lugar en la historia.

Las canciones que había compuesto en la época de La Cueva, en algunos casos junto a Moris, Javier Martínez y Rocky Rodríguez (quienes también habían integrado la primera formación de los Beatniks), alimentaron las dos primeras incursiones discográficas de Pajarito luego de aquel simple fundacional. Una de ellas, bastante insólita (y desconocida) fue el primer LP de Los Náufragos, Otra Vez En La Vía, que la grabadora completó con seis canciones grabadas por Pájaro cuando un accidente sufrido por el cantante original del grupo los dejó sin poder terminar del álbum, que el sello necesitaba urgentemente para apoyar el éxito del tema que le daba título. Entre ellas, “Hippies y todo el circo”, que más adelante Zaguri definiría como “el primer rap”. La otra grabación fue de La Barra de Chocolate, un grupo formado por Pájaro junto al guitarrista Nacho Smilari, que marcaría su aproximación más cercana al mainstream, cuando tuvo algo así como un pequeño hit con “Alza la voz”. El tema, con el que ganaron un Festival de la Música Beat realizado en 1969, era una buena muestra de la vertiente “beat” de la canción de protesta: Alza la voz que te van a escuchar/ aunque no escuchen, álzala igual. Zaguri también contaba sus propias experiencias en relatos más cercanos a lo autobiográfico con el “naufragio” como estilo de vida, en algunos casos junto a sus amigos cercanos como Tanguito (protagonista de “El Divagante” y mencionado en “Si supiera esa niña”), o en “Proyectos de un ladrón prisionero” y “Buenos Aires Beat”, un vibrante retrato de época. El único álbum de La Barra de Chocolate es una joya oculta de los albores del rock nacional, mezcla de pop, rock y psicodelia, que lamentablemente nunca ha sido reeditado en CD en Argentina (aunque acaba de aparecer una edición de lujo en España por el sello independiente Munster).

Pajarito en el estudio, grabando uno de sus primeros discos.
Es una buena muestra de el destino sufrido por la discografía de Pájaro, que aunque esporádica y bastante más escasa de lo que hubiera sido deseable, tiene muchos momentos memorables, como el álbum de Piel de Pueblo, Rock de las Heridas (1972) y el de Pájaro y la Murga del Rock and Roll (1976), que incluye músicos que luego integrarían bandas fundamentales del rock y blues urbano, como Dulces 16 y Memphis La Blusera, e incluso algunos que pasaron por las formaciones iniciales de los Redonditos de Ricota. También aparecía una legendaria cantante de jazz, Lois Blue, tan marginal dentro del género como Zaguri en el suyo. Hay espectaculares grabaciones aún más oscuras, como el rock’n’roll “Doña Lucía”, un olvidado simple de 1970 donde Pájaro emerge como el verdadero émulo local de Little Richard, o Copado y Colocado, otro simple –en este caso de 1973–, con el acompañamiento de La Pesada. Luego de una solitaria incursión en los ’80 –una década poco propicia para los iniciadores del movimiento–, con El Rey Criollo del Rock’n’Roll (1984), Zaguri volvió al disco tras el éxito de Tango Feroz, una película que –al margen de las valoraciones que puedan hacerse– tuvo como bienvenido efecto colateral el hecho de que muchos pioneros alcanzaran nuevamente la posibilidad de grabar.
El álbum resultante, En el 2000 (también)... (1994), está repleto de las brillantes ocurrencias de Pájaro, desde el packaging, que era como una caja de pizza en miniatura hecha de cartón, con piolín y manchas de grasa incluidos. Cuando le comenté al cantante que el arte del disco me había parecido tan acertado como original, me dijo que su idea había sido utilizar una caja de pizza auténtica, en la cual entraba a la perfección un LP de vinilo. Pero claro, la demora en grabar había sido tanta que en el ínterin el formato había cambiado, y el concepto tuvo que adaptarse al tamaño de los CD. Casi una metáfora de las eternas postergaciones a las que fue sometido a lo largo de su carrera. Otra de sus impares ocurrencias está en el tema “Chamuyando los Blues”, donde reemplaza lo que serían los solos instrumentales de rigor en cualquier blues, por “solos de chamuyo” realizados por otros dos “underdogs”, integrantes perennes del underground, Tito Milanesa y Bocón Frascino, quienes remedan una charla de bar sobre tópicos bluseros.
La impronta que dejó ese estallido inicial provocado por el grupo de La Cueva de Pueyrredón está presente en forma indeleble a lo largo de toda la carrera de Zaguri, pero especialmente en sus dos últimos trabajos, El Mago de los Vagos (2006) y Sexogenario (2009). En este último, la cubierta mostraba un collage fotográfico con la tapa del álbum de La Barra de Chocolate, poniendo en lugar de los integrantes de aquel grupo a su “banda de los sueños imposibles”, con Paul McCartney, Mick Jagger, Eric Clapton y Bob Dylan. Quizá como queriendo escaparle a la parca, Zaguri decía que en lugar de Pappo –que en su último álbum, Buscando un amor, aparecía premonitoriamente rodeado de héroes del blues ya fallecidos– había elegido rodearse de músicos vivos, como una manera de contrarrestar el destino del guitarrista, quien falleció en un accidente poco después. Lamentablemente, no le alcanzó para vencer la enfermedad a la que venía dando pelea desde hacía años. Ahora, probablemente nunca conoceremos los “200 blues nuevos” que decía haber compuesto. Pero nos quedan muchas canciones memorables, el recuerdo de su bonhomía y su bohemia inclaudicable, y bellísimos retazos de su poesía, como ésta de “La Misteriosa Canción”, casi una síntesis de su búsqueda:
Sintió el hombre deseos de un nuevo poema
Misteriosa canción que calmara su sed
Así fue que buscó por lugares esquivos
Y la musa divina burlaba su sed
Ambiciones, sin poemas, el hombre lloró
Buscó su alma la misteriosa canción
Tantas veces pensó que podía alcanzarla,
Y retenerla, para vivir de verdad
Y es así como vio que fugaz se alejaba
Se despedía para morir de verdad
Renacido de las cenizas, el hombre luchó
Vibró su alma, la misteriosa canción
Misteriosa canción del espacio profundo
Que buscaba una voz más acá de este sol
Un sendero de luna guió su destino
Revelando el secreto el poeta nació
Lleno de magia, lleno de musas,
el hombre rió
Llegó a su alma, la misteriosa canción
Y es así como ahora dejó que se fuera
Se desprendía para morir de verdad
Cuando quiera sentir sus caricias en lluvias
La llamaría para vivir de verdad
Imaginando volar muy alto, el hombre cantó
Dejó en su alma, la misteriosa canción